diario de lectura

septiembre 20, 2008

16/9/08. Foster Wallace en una entrevista, citado por Fresán“Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados”.

16/9/08. Agujero Negro de Charles Burns. Gente que da vueltas por ahí, casi siempre adolescentes de los 70 en un pueblo que bien pudo haber sido sacado de una cinta de Linklater; una enfermedad de transmisión sexual llamada el “bicho” que hace que sus portadores sufran mutaciones corporales; marihuana; miedos y paranoias sociales; sueños premonitorios sobre el fin del mundo; arte deforme hecho por una chica que posee una cola de perro; un chico al que le sale una boca en la garganta que balbucea sílabas venidas del subconsciente; una adolescente que muda la piel entre sollozos; gente perdida en la cafetería de su colegio; parejas que se hacen, parejas que se deshacen; asesinatos; el recuerdo de la adolescencia como una serie de imágenes deformes. Todo eso aparece en los doce volúmenes de “Agujero Negro”, del historietista Charles Burns (1955), una larga novela gráfica que retrata la vida de la provincia norteamericana de los años 70 por medio de los detalles de una intimidad que se traduce casi siempre en ahogo y pavor. Pero aquello proviene de una perversidad cotidiana: el miedo y odio a lo raro, a lo diferente, a lo inexplicable. En ese contexto, posiblemente “Agujero Negro” sea una de las mejores descripciones que he leído sobre esa tierra baldía que es la adolescencia al captar el pánico secreto que producen el crecimiento del cuerpo, las pulsiones sexuales irresolutas y los tiempos muertos donde la vida cotidiana no parece dirigirse a ningún lado. Todo lo anterior convierte a “Agujero Negro” en algo habitado por una asfixia -que roza una narrativa de horror con tintes policiales- que atrapa y conmueve. Más que humano, Burns hace que sus viñetas describan la enfermedad como un alfabeto descoyuntado para narrar la melancolía de cuerpos que dejan de reconocerse a sí mismos. Ellos y su confusión no solo reproducen conversaciones vacías en un mundo congelado sino que viven en un presente sin destino, poblado con un terror atávico que recuerda las cintas de David Lynch pero que también remite a la oquedad suburbana que aparecía en el martirio de la muerte de las hermanas Lisbon en “Las vírgenes suicidas”, de Eugenides o a ese aire frío que recorría las casas tristes del “Alhué” de González Vera. Pero Burns dibuja un cómic; no escribe una novela y no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que todo lo que aparece en “Agujero Negro” son los materiales y clichés abusados hasta el cansancio con superhéroes como los X-Men: mutaciones infinitas, adolescentes confundidos, destrucción sistematizada. Pero si en la franquicia de Marvel todo eso sirve para subir la testosterona y convertir la violencia en un folletín con moral blockbuster (por más que escribiera intermitentemente ahí gente como Morrison, Brubaker o Millar), acá se transforma en pura opacidad, en un arte que delicadamente grafica la extrañeza, la desesperanza y la soledad. Vale la pena leer “Agujero Negro”, que es obra hermosa, perfecta y perversa que sugiere que en el en corazón de cualquier película slasher siempre se esconde una bildungsroman. Para lograr esa transformación (que significa peso narrativo y densidad dramática), Burns coloca el acento en los detalles; en las ramas casi vivas de un bosque habitado por niños monstruos, en el abandono de una piel muerta abandonada como seda sucia entre los árboles, en las arrugas y nervaduras de rostros que están dejando de ser humanos. Así, mientras su trazo –desangrado en tinta negra, achurado hasta la extenuación- desnaturaliza la figura física de sus personajes, “Agujero Negro”, hace lo contrario con sus almas: investiga el vacío que puede representar la inminencia de la adultez, la caligrafías del deseo como una sucesión de lenguajes incomprensibles y exhibe a la cultura contemporánea como un parque de atracciones lleno de crímenes, vidrios rotos, navajas.

19/9/08. Hellblazer 143. Fansub de los chicos de la Novena Dimensión. Escrito por Warren Ellis y dibujado por Frusin. Inquietante. Una historia de la casa de los Tudor absolutamente difamatoria. Divertida. Concisa. Ellis es genial cuando quiere y cuando uno lo lee, es imposible no preguntarse por qué Paul Jenkins pasó tanto tiempo escribiendo Hellblazer. Pero luego a Ellis los de DC lo censuraron y se acabó todo. Pero es bueno volver a leerlo. Lo mismo que la última de Constantine, el número 247 donde el héroe se jala los huesos de Santa Claus. IMPRESIONANTE. Bien por Diggle, el guionista. Lástima que se vaya en dos números más.

19/9/08. Martin Amis. Tren nocturno. Bien. Pero solo eso. Vuelvo a Amis cada cierto tiempo y a veces me salva, a veces me decepciona. Tren nocturno es un policial pero también una comedia de cámara, una investigación sobre el suicidio. En el fondo es una novela menor que trata de cómo Amis, que es inglés, se relaciona con la literatura yanqui. El libro está dedicado a Saul Bellow y tiene tanto de CSI como de esos policiales de campus académicos que le hacen tan bien gente tan distinta como Chabon o Mailer.

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diario de lectura (4) epitafio

septiembre 15, 2008

David Foster Wallace se murió este fin de semana. Se ahorcó. Tenía 46 años. Yo era fan suyo hace tiempo. Sergio Coddou también.  Su perfil de Lynch era genial. Alguna escribí de él en La Tercera. Es raro pero ahora recuerdo dos cosas sobre él. La primera, es esa manía que tenía –en realidad era su método- por una narrativa hipertrofiada que no dejaba de escapar ningún detalle, como si el acto de contar enfatizara la desesperación y la histeria por decirlo todo, contenerlo todo, por ser todo. Pero había una falla ahí. Ese gesto totalizador terminaba siempre convertido en parodia, en broma, en una realidad degradada. En algo que tenía la textura de las malas series de televisión. Eso me enseñó Foster Wallace: la narrativa experimental debe tener los colores del canal Hallmark. Lo segundo en que me hace pensar Foster Wallace es la década de los noventa, porque su narrativa se incubó y explotó ahí, en esa zona de derrumbe. Foster Wallace está en el mismo lugar que ocupan Clinton, un par de tracks de los Supersordos y la cara de Lance Henrisksen en Millenium. Es un dejavú extraño porque en realidad lo leí más tarde, en esta década, pero hay algo inherentemente grunge en él, algo que hace que cuando lo leo yo mismo me proyecte hacia atrás, hacia ese planeta lleno de trampas y mutaciones que es el pasado.

diario de lectura (2)

agosto 28, 2008

27/8/2008. Felipe Cussen me recomienda Gossip girl. Bien. Vemos dos capítulos y tiene ese aire a Cruel Intentions que me encanta. Buena banda sonora. Perversidad bien administrada. Idea de la redención encarnada en una protagonista que está arrasada y destruida. Los personajes viven en un hotel, el Waldorf y eso les da un toque de decadencia inmerecida, de maldad elegante, de abandono.

27/8/2008. Siútico, de Contardo. Odioso, escrito con rabia. Lúcido. Contardo debe ser el único tipo en Chile que es capaz de acordarse de Imelda Marcos, lo que es por cierto, una forma más que sofisticada del horror. Pero, dejándose de ironías, el tema es otro: Siútico describe la relación entre la clase media aspiracional y la clase alta tradicional casi de modo marxista. Cita a Jarvis Cocker. Todo parece una comedia negra, una broma cruel, una farsa algo inglesa que posee esa clase de violencia y esa clase de crueldad. Por supuesto, tengo ganas de escribir más sobre el libro. In extenso.

27/8/08. El narrador, de Walter Benjamin. Traducido por Oyarzún. Consejo: saltarse las notas y las explicaciones y leerse el texto. Benjamin habla sobre la imposibilidad de la presencia de un narrador en la novela moderna sugiriendo que el acto de narrar, que él identifica con alguna clase de gestualidad colectiva que es necesaria socialmente, se ha agotado producto del horror. Puede ser. Benjamin nunca falla: sostiene que la novela como género es la negación de cualquier clase de ejercicio comunitario, que está escrita a solas, de espalda al mundo. La novela anula al narrador o, mejor dicho, a la necesidad del narrador. La novela como la cancelación de la narrativa, de la suspensión de cualquier autorización para lanzarse a un relato. La novela como una experiencia que se opone e imposibilita lo real, que es artificio puro, la ilusión de un universo imposible.